En el México prehispánico se
establecían Temazcales en las urbes, (del náhuatl temazcalli, “casa donde se
suda”, de temaz, “sudor”, y calli, “casa” y hace referencia a un ritual
ancestral y a un baño de vapor empleado en la medicina tradicional y la
cotidianidad de los pueblos del centro de México) ahí, los pobladores asistían
para relajar y limpiar su cuerpo como un ritual divino, estaban dedicados a la
Diosa Tlazoltéotl, la devoradora de las inmundicias, regidora de la sexualidad
y los placeres ocultos.
De la misma forma en la Grecia
clásica, los varones asistían a baños públicos donde podían descansar y dedicar
tiempo a la higiene personal y la vida social, estos sitios eran conocidos como
Termópilas y de ahí de origina que el concepto de Spa: “Salus per Aqua” (salud
por agua). Algunos filósofos como Platón o Aristóteles hablaban sobre la
importancia de dedicar tiempo al descanso, al esparcimiento y al ocio como una
necesidad humana que propiciaba el desarrollo intelectual y la filosofía.
La necesidad de ponerse al fresco
durante el verano no es una novedad. Ya los ricos romanos huían de la Ciudad
Eterna en los períodos caniculares (adjetivo que designa el período del 24 de
julio al 24 de agosto, cuando sube al firmamento la estrella Sirio, también
llamada "pequeña perra" en latín: canícula).
A imagen de sus emperadores, como
Adriano que se hizo construir una espléndida villa en Tivoli, los romanos
querían escapar de la malaria y otras enfermedades propagadas por los mosquitos
en la región pantanosa del Lacio. Los romanos pudientes disfrutaban de su
tiempo de ocio, sobre todo durante los insoportables veranos de la Urbe, en
lujosas villas situadas en la bahía de Nápoles, con imponentes vistas al mar.
Bien podría decirse que Pompeya fue
el primer enclave turístico de la historia. Sabemos lo que les costó a los que
eligieron para su veraneo a la tranquila estación de Pompeya, en el Golfo de
Nápoles, en el año 79, pero más allá de este infortunio, familias enteras
partían a diversos puntos del imperio en carretas jaladas por caballos,
incluyendo a diversas zonas de lo que hoy conocemos como España.
Los romanos no fueron inmunes al
irresistible encanto de conocer mundo. No es casual que en los siglos II y III
d.C. se popularizaran las novelas de aventuras exóticas (Las aventuras de
Leucipa y Clitofonte, Las efesíacas, Las etiópicas...), que ponían al lector en
la piel de jóvenes parejas de enamorados que conseguían reunirse tras pasar por
innumerables peripecias entre tribus etíopes, piratas griegos y déspotas
orientales. Aquiles Tacio, Jenofonte de Éfeso y Heliodoro de Emesa son los
nombres de algunos de estos Salgari y Julio Verne del pasado clásico que
trasladaban a su público a lugares remotos sin tener que moverse de casa.
Los bibliófilos de mayor cultura,
sin embargo, podían optar por hojear los volúmenes de las periegeses, las
narraciones descriptivas de los más célebres monumentos del pasado –tanto
arquitectónicos como escultóricos–, sobre todo de Grecia, pero también de Asia
Menor o del sur de Italia y Sicilia. Comparadas a menudo con las guías de viaje
actuales, lo justo sería definir las periegeses como tratados
artístico-históricos concebidos básicamente para informar sobre los ritos
específicos que se practicaban en cada lugar, por lo que describían los
principales complejos religiosos (los santuarios), así como sus fiestas y
tradiciones.
Ciudades, soberanos y simples
particulares acudían al templo de Apolo, esperando que el oráculo del dios les
aconsejara a la hora de tomar decisiones de importancia
Plinio el Viejo, tan conocido por su
obra Historia natural como por su fallecimiento durante la erupción del Vesubio
del año 79 d.C., atribuía a sus coetáneos la lectura de este tipo de escritos,
en especial cuando versaban sobre Egipto, Grecia y Asia.
Las escapadas a Grecia incluían la
visita a poblaciones como Corinto, Epidauro, Delfos, Esparta u Olimpia;
destinos atrayentes a causa de los festivales y juegos atléticos que allí se
celebraban, eventos que además fijaban el mejor momento para visitarlos. Otras
ciudades presentaban importantes atractivos locales: Rodas llamaba la atención
por el Coloso, cuya masa broncínea de 33 metros de altura, que representaba al
dios Helios, se había desplomado a causa de un terremoto en el año 226 a.C. Los
forasteros se entretenían explorando sus enormes miembros fragmentados,
convertidos en grutas artificiales, o intentando abarcar con sus brazos el
pulgar de la estatua, una tarea imposible en palabras de Plinio el Viejo.
Una tierra en la que el turista
romano se sentía auténticamente maravillado era Egipto. La extrañeza de sus
ritos religiosos y de su escritura jeroglífica desconcertaba y fascinaba por
igual al visitante; lo mismo puede decirse de sus monumentos, ya fueran las
pirámides de Gizeh o las tumbas subterráneas del Valle de los Reyes. En estas
últimas todavía puede detectarse el paso de cientos de excursionistas de la
Antigüedad gracias a los grafitos –con nombres, fechas, pequeñas biografías,
poemas, opiniones...– que grabaron en sus muros. Así, sabemos que un tal
Isidoro, natural de Alejandría, estudió Derecho en Atenas; que el centurión
Januarius penetró en las criptas junto a su hija Januarina, o que a An- tonio
le maravillaba el Valle casi tanto como la ciudad de Roma. Prácticamente la
mitad de los grafitos descubiertos se aglutinan en la tumba de Ramsés VI, de la
que se dijo que era el sepulcro de Platón, por lo que los filósofos
neoplatónicos entraban en ella con el respeto reverencial de quien oraba en un
templo. Algunos de los grafitos inscritos en los muros de esta tumba faraónica
muestran lo que pensaron del lugar algunos visitantes, como el que dejó escrito
"la visité y no me gustó nada, excepto el sarcófago" o el de un
abogado llamado Bourichios, al cual le fastidiaba no comprender el significado
de los jeroglíficos: "¡No puedo leer este escrito!".
Etimológicamente vacaciones proviene
de "vacare", estar vacante, libre, ocioso. El mundo romano es donde
podemos encontrar los orígenes más remotos de las vacaciones. Concretamente las
ferias latinas que Tarquinio el soberbio y último rey de Roma, en el siglo
sexto antes de Cristo institucionaliza para la zona del Lacio, cuando era un
momento de integración de los pueblos latinos que llevaban ofrendas a ese monte
Albano en homenaje a Júpiter, tratando de dar libertad a los esclavos, se les
concedía un día al año de "libertad". Luego fueron se aumentaron a
cuatro jornadas al año de "descanso". Estas "vacaciones" se
daban en un principio en el mes de abril.
Pero pasando el tiempo veremos como
Marco Antonio va cambiar el nombre de "quintilis" por Julio, en el
quinto mes del Calendario romano de 10 meses, que comenzaba en Marzo y tenía 31
días. Seguía a Junius (mes de junio) y precedía a Sextilis (más tarde, agosto).
Quintilis es en latín y significa
"Quinto", fue el quinto mes (quintilis mensis) en el antiguo
calendario atribuido a Rómulo, que comenzaba con el mes de Martius ("mes
de Marte'" o Marzo). Después de la reforma del calendario que obtuvo un
año de 12 meses, Quintilis se convirtió en el séptimo mes, pero conservando su
nombre. En los años 40 a. C., Julio César instituyó un nuevo calendario para
cuadrar las discrepancias astronómicas que tenía el antiguo.
Después del asesinato de Julio César,
Marco Antonio obtuvo la aprobación del senado romano en el 44 a. C. para
cambiar el nombre de Quintilis por el de Iulius (julio), en su honor, por ser
el mes en que había nacido César.
Después Augusto hace el mismo cambio
en su honor cuando vence a Marco Antonio y Cleopatra en Egipto. Por ello los
dos meses por antonomasia del verano son Julio y Agosto. Se mantienen hasta
nuestros días y también el calendario Juliano que estuvo vigente hasta el año
1582.
Durante la Edad Media y la
Inquisición, las vacaciones prácticamente no existieron ya que los preceptos
morales que dominaban la época veían el descanso y el ocio como pecados pues
prevalecía la idea de que la vida humana era el momento para cumplir una serie
de preceptos rigurosos y que el descanso eterno vendría tras la muerte; ni
siquiera el descanso dominical se había instaurado pues este día estaba
dedicado a la religión. La Edad Media no
practica las vacaciones en el sentido del farniente (en italiano, no hacer
nada). Había muchos días de reposo, pero eran para orar y recogerse.
A imagen de los rabinos judíos, que
prescriben el reposo semanal del Sabbat (sábado) a fin de que el hombre evite
caer en la esclavitud del trabajo, los clérigos de la Iglesia recomiendan a
todos abstenerse de todo trabajo en la medida de lo posible el día del Señor
(en latín, "dies Dominicus", lo que dio origen a la palabra domingo).
Hipólito Taine describe en su libro
Orígenes de la Francia Contemporánea cómo se impuso la costumbre de veranear
entre los aristócratas franceses del siglo XVIII: con la llegada del verano,
escribe Taine, los nobles se dedicaban a comer, bailar, cazar y
"desempeñar la comedia de la aristocracia, cuyo primer deber era la
hospitalidad". Los nobles residentes en Versalles y en París viajaban a la
Champagne, donde la riqueza era ostentada en interminables caravanas de coches
y caballos, una mesa bien servida y el alojamiento dispuesto para el primer
hidalgo andariego que golpeara a la puerta del castillo. Medio siglo más tarde,
la descomunal infraestructura turística de la nobleza dejaba su impronta en
viajes como el que lord Byron emprendió junto a una caravana en la que viajaban
su médico personal, sus sirvientes, sus animales domésticos, algunos amigos y
su compañera, la condesa Giuccioli.
Durante el Renacimiento, con la
emergencia de los Estados Nación y la baja del fervor religioso, los
peregrinajes tienden a declinar. Al mismo tiempo, nobles y artistas inventan
los viajes "turísticos" o "culturales". Se dirigen a Roma y
al resto de Italia, en búsqueda de los esplendores de la Antigüedad. Montaigne
nos ha dejado un relato de sus viajes ultramontanos, como luego lo hicieron
Stendhal y tantos otros.
Esta práctica se generaliza en el
siglo XVIII bajo influencia de los británicos: los hijos de las grandes
familias son enviados a Italia –además de Roma, Pompeya se vuelve una etapa
inevitable- para completar su formación, es la "gran gira" que, con
frecuencia es también ocasión para la diversión.
Hasta el S. XIX las vacaciones eran
un lujo de las clases altas pero tras la revolución industrial se establecieron
los derechos de los trabajadores y se acordaron tiempos dedicados al descanso,
además con la popularización del ferrocarril las clases medias y bajas por
primera vez tuvieron la oportunidad de expandir sus horizontes y conocer el
mundo. Por otra parte, durante esta época, las clases más privilegiadas se vieron
seducidas por el exotismo de los países orientales.
En paralelo, los británicos inventan
el turismo termal. El primer destino es, en Inglaterra mismo, la estación de
Bath, maravilla arquitectónica de estilo georgiano, inspirada en los romanos
que ya habían desarrollado termas en esta ciudad. La sociedad
"decente" se pasea por allí, va al teatro y sobre todo a jugar. Se
lanza así a una moda que durará hasta comienzos del siglo XX: la de las
ciudades de aguas.