martes, 11 de agosto de 2020

"EL COLOSO DEL SOL"


Después del gran incendio que devastó Roma el año 64 d.C., el emperador Nerón decidió construirse una suntuosa villa entre las colinas del Palatino y el Esquilino. 
Dicha villa, conocida como Domus Aurea por la hoja de oro que recubría las paredes, fue vaciada de todos sus materiales preciosos después de la muerte del emperador y sus terrenos fueron reutilizados para otros fines. En un intento de ganarse al pueblo de Roma, el emperador Vespasiano hizo vaciar el lago de la villa para construir el gran anfiteatro que hoy conocemos como el Coliseo.

Este no era, sin embargo, su nombre original: oficialmente se llama Anfiteatro Flavio en honor a la familia de Vespasiano, los Flavios. El nombre de Coliseo deriva de una gigantesca estatua de bronce que decoraba los jardines de Nerón, conocida como el Coloso del Sol, que se conservó cuando esta pasó a ser un espacio público. El emperador Adriano la hizo mover desde la Domus Aurea hasta el anfiteatro, un traslado para el que se necesitaron 24 elefantes.

UNA ENORME ESTATUA DE 37 METROS
La estatua originalmente representaba al propio Nerón y fue construida en los últimos años de vida del emperador, al mismo tiempo que la Domus Aurea. Según Plinio el Viejo, medía unos 37 metros y se alzaba sobre un pedestal de mármol, llegando aproximadamente a un 75% de la altura del propio anfiteatro. Posteriormente su rostro fue modificado y se le añadió una corona para asimilarlo a Sol, la personificación del astro rey: de ahí su nombre, ya que recordaba al Coloso de Rodas, una de las siete maravillas del mundo antiguo.

La estatua fue destruida probablemente en algún momento entre el final del Imperio Romano de Occidente y la invasión lombarda del siglo VI, bien a causa de los saqueos o para reutilizar el bronce del que estaba construida, aunque su mención en algunas fuentes puede sugerir que todavía sobrevivió por un tiempo más: el monje Beda el Venerable, que vivió entre los siglos VII y VIII, escribió “mientras el Coloso resista, Roma resistirá, cuando el Coloso caiga, Roma caerá, cuando Roma caiga, el mundo también lo hará”. Para el año mil es seguro que había desaparecido, pero su recuerdo perduraba y dio nombre al anfiteatro junto al que una vez se alzaba.

EL HUMOR DE UN GENIO: QUINO



¿QUEDA ALGÚN “CATÓN” ENTRE LOS POLÍTICOS DE HOY EN DÍA?


En la Antigüedad, Catón el Viejo dejó fama de hombre de moral estricta e intachable. 
Según el historiador griego Plutarco, los que eran reprendidos por alguna causa respondían que ellos no eran Catones, es decir, que no eran perfectos. Un siglo después de su muerte, Cicerón, en su diálogo Sobre la vejez, introducía como personaje a Catón, a quien presentaba como un anciano de espíritu juvenil; otro de los personajes del diálogo, Escipión, elogiaba su «sabiduría», que «nunca he visto que te resulte pesada».
Ser un «catón», según el diccionario de la Real Academia Española, es lo mismo que ser un censor severo, alguien que critica o censura los comportamientos de otras personas que considera inmorales. El mismo diccionario señala que tal palabra proviene de un personaje singular, Marco Porcio Catón, llamado el Viejo o el Censor para diferenciarlo de otros Catones famosos de la historia de Roma, como su bisnieto Catón de Útica, que prefirió el suicidio antes que entregarse a su enemigo Julio César.

Marco Porcio Prisco nació en el año 234 a.C. en Túsculo, una ciudad del Lacio que dos siglos antes se había convertido en aliada de Roma. Porcio era un labriego fornido, trabajador y con grandes dotes para la oratoria. Debido precisamente a su don de palabra y a los pleitos en que empezó a defender a sus paisanos, sus paisanos olvidaron su apellido (cognomen) Prisco y comenzaron a llamarle Cato o Catón, que significa «sabio».

Marco Porcio Catón era vecino de un noble romano, Marcio Curio, famoso por su frugalidad y a quien Catón decidió imitar en todo. Siendo joven, Catón se unió al ejército y en 209 a.C. participó en la conquista de Tarento, antigua colonia griega en el sur de Italia. Fue entonces cuando entró en contacto con la filosofía helénica. Más tarde, otro vecino suyo de Túsculo, Valerio Flaco, admirado de su austero modo de vida, le propuso trasladarse a Roma con él para iniciarse en la vida pública.

DE SOLDADO A GOBERNADOR
Fue así como Catón emprendió el cursus honorum, la carrera de honores típica de los ciudadanos romanos. Tras actuar como abogado en el Foro fue elegido primero tribuno militar y poco después cuestor (pagador del ejército). En el ejercicio de estos dos cargos intervino en la guerra contra Cartago. Fue durante la campaña de África cuando comenzó su enemistad con Escipión el Africano. Catón le reprochaba «la inmensa cantidad de dinero que gastaba y lo puerilmente que perdía el tiempo en las palestras y los teatros», a lo que el Africano le respondía airadamente «que contara las victorias, y no el dinero».

Era conocido en toda la ciudad por su afición al ahorro, rayana incluso en la tacañería, y su gusto por la comida y el vestido sencillos y sin ostentación

Tras su cuestura, Catón ingresó en el Senado. En el año 199 a. C. fue elegido edil plebeyo y dos años después fue gobernador en Cerdeña. En estos años se labró una reputación de gobernante honrado, que jamás tocó una moneda que perteneciera a la República, y también obtuvo una gran fama como orador, que le valió el apodo de «Demóstenes romano». Catón era conocido en toda la ciudad por su afición al ahorro, rayana incluso en la tacañería, y su gusto por la comida y el vestido sencillos y sin ostentación. Pero también destacó como hombre de negocios, dedicado a empresas de fletes marítimos y a sus campos de cultivo. Plutarco, en su biografía, le reprocha su afición desmedida a amasar una fortuna y el duro trato que dispensaba a los esclavos de su hacienda.

EL CONSULADO
Tras su exitoso gobierno de Cerdeña, en el año 195 a.C. Catón fue elegido para la más alta magistratura romana: el consulado. Su colega en el cargo fue su amigo y vecino de Túsculo, Valerio Flaco. A continuación a Catón le tocó en suerte la provincia de Hispania Citerior. Cerca de Ampurias derrotó a una coalición de rebeldes y se dice que tomó trescientas localidades enemigas. Su rival Escipión el Africano consiguió el gobierno de esa misma provincia tras él y se apresuró a viajar allí para evitar que Catón continuara obteniendo fama con sus victorias.

El botín conseguido por Catón fue a parar íntegramente al erario público, salvo una cuantiosa recompensa que otorgó a sus soldados. Él, en cambio, no tomó nada para sí; de hecho, a su querido caballo, con el que había conseguido tantas victorias, lo dejó en Hispania para no encarecer el transporte de vuelta a Roma.

Una vez en la capital, en vez de dedicarse al ocio que su carrera política y militar le aseguraba, decidió volver a empezar y se ofreció como simple oficial o legado a otros generales y gobernadores provinciales. Así, acompañó como tribuno militar al cónsul Manio Acilio Glabrio a Grecia para luchar contra Antíoco III de Siria, quien había invadido la región y soliviantado a las ciudades griegas contra Roma. Tras contribuir de manera decisiva a la victoria de Acilio en la batalla de las Termópilas, en el año 191 a.C., liderando personalmente la carga contra la retaguardia griega, Catón regresó a Roma.

Así, con 44 años, Catón dio por finalizada su carrera militar. Pero no por ello se apagaron sus ambiciones políticas. Al contrario, su aspiración se dirigió a uno de los cargos más prestigiosos de la República: el de censor. Básicamente, un censor era el encargado de elaborar el censo de ciudadanos romanos, decidiendo quién podía ser considerado como tal y también quién tenía derecho a ser senador y caballero. Esto le daba potestad de expulsar a quienes no se ajustaran a las virtudes exigidas en dichos órdenes. Los censores se convirtieron, así, en una especie de policía moral, muy respetada por los romanos.

LA CONCIENCIA DE ROMA
Catón estaba indignado por la influencia de la cultura y las costumbres griegas, que consideraba depravadas y nocivas

El interés de Catón por este cargo se explica por su decidido propósito de restablecer en Roma lo que él consideraba como la auténtica moral romana. Catón estaba indignado por la influencia de la cultura y las costumbres griegas, que consideraba depravadas y nocivas. Consideraba la higiene personal y la costumbre de afeitarse como una forma de afeminamiento, y por ello quiso poner de moda las túnicas de lana raídas y las barbas descuidadas. También lanzó resonantes acusaciones de corrupción contra destacados miembros de la élite romana. Denunció a su antiguo jefe militar, Acilio Glabrio, por haber aceptado sobornos, y poco después a Escipión Asiático, el hermano del Africano, por haber aceptado dinero de Antíoco. Estas actuaciones acrecentaron su popularidad, hasta que en 184 a.C. fue por fin nombrado censor.

Durante el ejercicio de su cargo Catón consiguió revisar las listas de senadores y caballeros, aprobó medidas contra los publicanos (los recaudadores de impuestos, a los que el pueblo odiaba por su codicia) y decretó duros impuestos sobre la compra de los artículos que consideraba de lujo, como vestidos, carruajes o vajillas. Durante años se le vio yendo y viniendo por el Foro, defendiendo causas, apoyando reformas, intentando volver a la supuesta severidad de los antepasados. En todos esos tejemanejes, sus dichos graciosos se hicieron famosos, y con el tiempo se llegó a formar una colección de ellos, los «dichos de Catón».

Pero en su vida personal Catón no estuvo siempre a la altura de lo que exigía a los demás o, al menos, así se lo reprocharon. Habiendo enviudado de su mujer y teniendo ya un hijo crecido, empezó un «romance» con una doncella que no sólo era mucho más joven que él sino que también era la hija de uno de sus libertos, algo poco apropiado para un ex cónsul y ex censor. Cuando la historia se supo en Roma, Catón se casó con la muchacha y tuvo un hijo de ella.

GUERRA SIN CUARTEL
Ni siquiera cuando ya era un octogenario dejó Catón de actuar como autoridad moral ante sus conciudadanos y de advertirles sobre los peligros del contacto con el extranjero. En el año 155 a.C. hizo que expulsaran de Roma a los embajadores de Atenas, por la mala influencia que ejercían en la vida romana, según decía. Al mismo tiempo, con la excusa de apoyar a Masinisa, rey de Numidia que era aliado de Roma, alertó a sus compatriotas de la amenaza para su seguridad que suponía Cartago, a la que instaba a borrar del mapa. El cauto Catón, el censor severo, no alcanzó a ver el resultado de sus discursos. Pocos meses después de su muerte, a los 85 años, Cartago fue destruida implacablemente por el ejército romano, y su perímetro urbano quedó sembrado con sal para que nada volviera a crecer.

Sin embargo, pocas de las medidas apoyadas por Catón para disciplinar a los romanos pervivieron mucho tiempo. Un siglo después, en plena crisis de la República, su figura de patriota inflexible se recordaba con nostalgia, como un hombre perteneciente a otra época.

CHASQUIS, LOS MENSAJEROS DEL INCA


Chasqui es una palabra derivada del quechua que significa correo o persona de relevo. Estos jóvenes corredores eran considerados los mensajeros personales del Inca, y se desplazaban rápidamente por la red de caminos del Imperio para entregar mensajes o cualquier tipo de artículo.
En palabras del Inca Garcilaso de la Vega, escritor, historiador y cronista peruano: "Chasqui llamaban a los correos que había puestos por los caminos para llevar con brevedad los mandatos del rey, y traer las nuevas y avisos que por sus reinos y provincias, lejos o cerca, hubiese de importancia. Los llamaron chasqui, que quiere decir trocar, o dar y tomar, que es lo mismo, porque trocaban, daban y tomaban de uno en otro, los recaudos que llevaban. No les llamaron cacha, que quiere decir mensajeros, porque este nombre lo daban al embajador o mensajero propio que personalmente iba del un príncipe a otro, o del señor al súbito".

UN VASTO IMPERIO
El Imperio inca, también conocido como Tahuantinsuyo, controlaba un vasto territorio, perfectamente organizado, que abarcaba desde Colombia hasta Chile, extendiéndose un total de 40.000 kilómetros. Había dos caminos principales que unían el Imperio: uno que discurría por la sierra, que iba desde el sur de Colombia pasando por la capital, Cuzco, hasta Chile y Argentina, y el otro serpenteaba por la costa del Pacífico que llegaba al sur del continente y subía hasta Cuzco por Arequipa.
Los caminos eran esenciales para el tráfico de personas, el transporte de alimentos y para los viajes del  ejército, y asimismo eran fundamentales como vía de comunicación e información. Los incas aprovecharon los caminos construidos por culturas anteriores y los adaptaron para crear el complejo y sofisticado sistema que hoy conocemos.

Los caminos, denominados Qhapac Ñan, conectaban los cuatro suyus o regiones imperiales. Las calzadas unían a la población de estas áreas, y a medida que el Imperio se iba expandiendo, las rutas trajeron consigo seguridad, productos y servicios a sus habitantes, quienes, a su vez, pagaban al Inca con su propio trabajo. Esta reciprocidad se conoce como ayni. El acto de pagar al Imperio también se ejercía a través de un impuesto basado en el trabajo: la mit’a, mediante la cual las personas estaban obligadas a construir caminos, edificios, realizar labores textiles y alfarería y cultivar la tierra. A cambio de estos servicios al Estado, la población tenía acceso a una gran variedad de productos, alimentos y materias primas.

CAMINOS CENTENARIOS
Los obreros incas adosaban piedras a los caminos con una técnica muy resistente llamada "pirca", lo que hizo que estas vías perduraran a través de los siglos y hayan llegado hasta nuestros días.
Se construyeron muros de contención para evitar que éstos fueran bloqueados por posibles avalanchas y también se incorporaron sistemas de drenaje. En las calzadas que discurrían por zonas desérticas, se construyeron canales al borde de los caminos para que los viajeros pudieran beber, y se sembraron árboles frutales para que pudieran comer y cobijarse del ardiente sol.
En las zonas costeras junto al desierto, donde el viento cubría con arena los caminos, se colocaron postes de señalización para evitar que éstos desaparecieran.
En las calzadas que discurrían por zonas desérticas, se construyeron canales al borde de los caminos para que los viajeros pudieran beber.

Las calzadas eran de uso exclusivamente oficial y eran recorridas a diario por un colectivo muy particular: los chasquis, unos corredores, normalmente hombres jóvenes y en buena forma física, escogidos especialmente para esta ocupación, que corrían distancias cortas siendo los encargados de entregar mensajes oficiales y a veces pequeños paquetes a lo largo de todo el Imperio. Había dos maneras de llevar un mensaje. Una era a través de los llamados quipus, que consistían en una serie de cuerdas de colores anudadas donde se registraban distintos datos oficiales que se querían comunicar: muertes, nacimientos, etcétera. Las cuerdas eran de diferentes colores y se trenzaban con varias clases de nudos que indicaban cantidades. Investigaciones recientes apuntan a que el color y la colocación de los nudos podría haber significado frases además de cifras. 
La otra forma de comunicación era de viva voz. Calzados con unas ojotas (sandalias), cada chasqui llevaba consigo una trompeta de concha llamada pututu, que hacía sonar para alertar al siguiente corredor de que se estaba acercando. Los chasquis se entrenaban también para tener una excelente memoria. El mensaje se memorizaba repitiéndolo varias veces en voz alta mientras dos chasquis, el que transmitía el mensaje y el que lo memorizaba, corrían juntos un tramo hasta que el segundo lograba memorizarlo. Estos corredores tenían la obligación de guardar el secreto, ya que la infracción por obstaculizar a otro chasqui, violar el secreto del mensaje o dar una noticia falsa era la muerte.

LOS ESPAÑOLES, IMPRESIONADOS
Los corredores eran seleccionados a través de la mit’a y comenzaban a entrenar a muy temprana edad bajo estrictas condiciones. Su trabajo era considerado tan importante que estaban exentos de realizar otras mit’a, tales como cultivar la tierra o la minería. Un corredor viajaba entre 10 y 15 kilómetros hasta que llegaba a un tambo, un pequeño albergue donde otro chasqui le estaba esperando para relevarle y correr hasta la siguiente posta. Se han llegado a contar más de mil de estos establecimientos. Los tambo se abastecían de los productos agrícolas que cada chasqui estaba obligado a traer de su región de origen. Con esto, cada chasqui pagaba su alojamiento y contribuía a mantener las despensas del tambo con una buena provisión de alimentos. A veces los chasqui cargaban mercancías especiales para la realeza inca, como pescado fresco o mullu, una variedad de ostra espinosa, en una mochila de mimbre llamada cuévano.

Un corredor viajaba entre 10 y 15 km hasta que llegaba a un tambo, un albergue donde otro chasqui le estaba esperando para relevarle y correr hasta la siguiente posta.

Con este sistema de comunicación, vital para el mantenimiento del Imperio, 25 corredores podían cubrir 240 kilómetros en un día y podían viajar la distancia entre Quito y Cuzco, alrededor de 2.000 kilómetros, en una semana. Los españoles quedaron tan impresionados con la eficiencia de este sistema, que los chasquis permanecieron activos durante el Virreinato del Perú. Pedro Cieza de León, cronista español, escribió: "Los incas inventaron un sistema de postas que era lo mejor que se pudiera pensar o imaginar… Las noticias no podrían haber sido transmitidas a través de una mayor velocidad que con los caballos más veloces".

lunes, 10 de agosto de 2020

¿QUÉ FUE “CLARINADA”? La revista anti-comunista y anti-judía que antecedió a Clarín

Las ideas de quienes hacían "Clarinada" quedaron muy claras y expuestas desde el principio. 
Aquel primer número publicado en Mayo de 1937 incluía una rabiosa declaración de principios rubricada por Carlos M. Silveyra, director de la revista, mediante la cual no se dejaban dudas sobre la postura anticomunista del pasquín. Silveyra se había destacado previamente por su odio al comunismo publicando el libro "El Comunismo en la Argentina" y la fundación de la "Comisión Popular Argentina contra el Comunismo". Ese odio al comunismo se completaba con sus ideas acerca de una conspiración mundial judía para destruír la civilización cristiana.
En aquel lamentable primer editorial de "Clarinada" podía leerse lo siguiente: “Programa de lucha sin cuartel contra ese ejército de alimañas, integrados por fuerzas aparentemente heterogéneas: materialismo, liberalismo, marxismo, comunismo, socialismo, anarquismo, ateísmo, masonería, etc., pero que están unidas en la misma finalidad : la destrucción de la civilización cristiana y que obedecen al mismo comando que las dirige desde las tinieblas: el judaísmo.” (no.1, mayo 1937).
Los violentos y retrógrados mensajes de "Clarinada" acercaban a la publicación al nazismo, al tiempo que (in)creíblemente cerraban filas con ciertas ideas cristianas tan difundidas y apoyadas por aquellos años.
Las mortíferas palabras (para los editores de la publicación eran en realidad "metáforas biologicistas") seguían cayendo mensualmente con expresiones tales como: “En invierno hay que precaverse de la gripe, pero en toda estación hay que precaverse de la peor peste: el judaísmo.” No había dudas: el espíritu (y mucho más que eso) del sanguinario Nacional Socialismo imperante en la Alemania del Tercer Reich había calado hondo en lo profundo de los intolerantes que en la sociedad argentina no sólo editaban esta revista, sino en aquellos que por espacio de largos 8 años la compraban, la apoyaban y la difundían. En este sentido hay que mencionar que la revista recibía fuerte apoyo económico de ciertos sectores de la Iglesia Católica Argentina, como así también de los representantes locales del partido Nacional Socialista.
La "bendición" ecleciástica llegó con el mensaje publicado con motivo de la edición del primer número. 
El vocero oficial del Arzobispado de Buenos Aires envió a la redacción de "Clarinada" palabras de apoyo y buen recibimiento por la revista que merecía “el más decidido apoyo de cuantos abrigan la preocupación cristiana y patriótica de defenderse del enemigo implacable que es el comunismo”. Para no ser menos, el Obispo de Santiago del Estero, Monseñor Rodríguez Olmos, envió una bendición a los lectores de la publicación.
Pero los elogios no se limitaron al ámbito local. La publicación oficial nazi en Alemania "Der Stürmer" elogió las virtudes de la publicación argentina al tiempo que decía en una de sus páginas que lamentaba sinceramente “que no se esté enterrando vivos a todos los judíos sin distinción, de modo que por fin pueda reinar la paz entre la gran familia argentina”.

"Clarinada" dejaba muy en claro su postura sobre muchos temas que siempre involucraban de una u otra manera al comunismo y a los judíos. Según los responsables de la revista (en la cual siempre se daba lugar a artículos antisemitas y racistas, incluyendo además discursos de Adolf Hitler y comunicados gubernamentales), sostenían entre otras cosas que los Republicanos de España eran simples títeres del judaísmo, que los judíos eran los responsables del inicio de la Segunda Guerra Mundial y que su deseo (el de "Clarinada") era lograr el exterminio total de los judíos. Con todas esas cartas de presentación "Clarinada" gozó de buena salud durante muchos años en Argentina y logró hacerlo (además) en gran parte debido al apoyo económico recibido de manera constante de parte de agencias y empresas estatales como Y.P.F. (Yacimientos Petrolíferos Fiscales), el Censo Nacional Agropecuario, la Caja de Ahorro Postal, el Banco de la Nación Argentina, el Banco de la Provincia de Buenos Aires y el Banco Hipotecario.
La propaganda oficial (léase: el apoyo oficial) se mantuvo hasta que la derrota del Tercer Reich se percibía como más que inevitable. Las puertas de la redacción de "Clarinada" se cerraron más como una cubierta "por el qué dirán" que por propias convicciones del gobierno argentino y de todos quienes apoyaban la nefasta publicación de sus ejemplares. 
Sin embargo, muy poco tiempo después, más concretamente el martes 28 de Agosto de 1945 (apenas tres meses después de la muerte de "Clarinada") nacía formalmente de la mano de Roberto Noble (reconocido nazi autóctono) una publicación que rendía con su nombre el más sincero homenaje a "Clarinada": se publicaba por primera vez el Diario "Clarín", pero claro, como no podía ser de otra manera, -después de la derrota del nazismo- la óptica política se había suavizado de tal forma, que pasó al otro extremo.


EL ORIGEN DE FULANO, MENGANO, Y ZUTANO

¿De dónde vienen estas folclóricas palabras?

Seguro te ha pasado que no te acuerdas del nombre de una persona y te refieres a ésta como "fulano" ¿Pero sabes de dónde viene esta palabra y sus derivados zutano y mengano?

Evidentemente estos nombres nos resultan familiares a todos y son también de los más mencionados, sea por nuestra mala memoria para recordar el verdadero nombre de alguien, sea porque no lo sabemos: “Vinieron dos Fulanos y preguntaron por vos, ¿dónde estuviste todo el día?”. “Isabel contó que Fulanita se casa”. Pero, ¿de dónde vienen?, ¿desde cuándo se emplean?

El origen de fulano y de mengano es árabe, y una prueba más de la influencia que en nuestra lengua dejó esa cultura después de tantos siglos de convivencia en la España medieval. Fulano significaba en su lengua original ‘tal’. La forma mengano procede del árabe man kan, con el significado de ‘quien sea’.

Todos podemos ser fulanos, pues puede pasar que alguien no recuerde nuestro nombre; pero a nadie le gustará ser “un fulano”, pues se entiende como “un cualquiera”, y se trasluce algo de desprecio al usarlo. De forma semejante, ser “una fulana” en España y en algunos lugares de América equivale a ser ‘una prostituta’, sentido despectivo que se pierde en cuanto se le aplica el diminutivo “fulanita”, y por ello esta forma se adopta, y más aún en femenino, con mayor que en los demás casos.

Sin embargo, zutano cuenta con un origen algo oscuro y las opiniones sobre el mismo son dispares. Hay quien sostiene que puede venir de citano, que a su vez procede del latín scitanus, derivación de scitus, con el significado de ‘sabido’, forma que se empleaba para sustituir el nombre de una persona ya conocido. Otros se decantan por una derivación procedente de la interjección “¡cit!”, que hace mucho tiempo se empleaba para llamar o nombrar un lugar o una persona desconocida.

Sobre la forma perengano, la incertidumbre es casi total. Para algunos, procede de una asimilación de perencejo a mengano. La terminación de la primera sería abandonada para asemejarse a la segunda forma. De acuerdo a lo señalado por Corominas Pascual y Casado Velarde, perencejo es el resultado de una pronunciación descuidada de Pero Vencejo, nombre ficticio con que se nombraba a los campesinos en general. Aunque no se emplea por estas tierras, si es común escucharlo en Colombia, Guatemala o Venezuela. Para otros, el camino para llegar a perengano es más breve, pues lo entienden como la fusión de Pérez, apellido tan común en nuestra lengua, con mengano.

Sobre su uso, el más frecuente por sí solo es fulano, pero además, debemos destacar la idea de secuencia que encierran. De esta forma, como sostiene Casado Velarde, el orden en que se presentan los protagonistas del artículo de hoy resulta tan estable que se pueden entender también como organizadores del discurso, pues presentan idéntico funcionamiento que “primero… segundo”; “antes…  después”; “primero: por último”, de modo que Fulano siempre va primero, Mengano después y Zutano al final, rematado solo en ocasiones por Perengano, cuando se pretende expresar con una enumeración excesiva, la idea de desorden o de multitud. Es frecuente el empleo de “Fulano de tal”, en el caso de que le suceda un segundo término de la serie, será el de “Mengano de cual”: “Me contó que su abuelo era Fulano de tal y su abuela Mengana de cual pero no le presté atención”.

En otras lenguas existen expresiones equivalentes, que comparten por su significado un cierto aire familiar. En inglés, John Doe y su señora Jane Doe equivalen a nuestro Fulano y Fulana. En francés, se emplean en cadena los tres nombres más frecuentes: Pierre-Paul-Jacques. En los países bálticos se prefiere decir “N.N.”, del latín nomen nescio, que significa ‘desconozco el nombre’.

En Rusia se emplea el sonoro y prototípico nombre ruso Ivanov Ivan Ivanovich y en Filipinas, ahora de mayoría angloparlante pero durante tantos años colonia española, prefieren el Juan y
Mientras tanto, perengano es la palabra más joven de las cuatro (y la de menos uso). Por no haberse podido identificar el origen de esta palabra, se piensa que puede ser el resultado de la unión de Pérez (apellido más que común entre los españoles) y mengano.



LA PARADOJA DE LOS GEMELOS


La llamada como paradoja de los gemelos es una situación hipotética planteada originalmente por Albert Einstein en la cual se discute o se explora la teoría de la relatividad restringida o especial, haciendo referencia a la relatividad del tiempo.

La paradoja establece la existencia de dos gemelos, uno de los cuales decide hacer o participar en un viaje a una estrella cercana desde una nave que se moverá a velocidades cercanas a las de la luz. En principio y según la teoría de la relatividad espacial, el paso del tiempo será diferente para ambos gemelos, pasando más rápido para el gemelo que se queda en la Tierra al alejarse a velocidades cercanas a las de luz el otro gemelo. Así, este envejecerá antes.

Sin embargo, si miramos la situación desde la perspectiva del gemelo que viaja en la nave, quien se está alejando no es él sino el hermano que se queda en la Tierra, con lo que el tiempo debería pasar más lentamente en la Tierra y debería envejecer mucho antes el viajero. Y es aquí donde se encuentra la paradoja.

Aunque es posible resolver esta paradoja con la teoría de la cual surge, no fue hasta la teoría de la relatividad general que la paradoja pudo resolverse con más facilidad. En realidad, en dichas circunstancias el gemelo que envejecería antes sería el de la Tierra: el tiempo pasaría más rápido para este al desplazarse el gemelo que viaja en la nave a velocidades cercanas a la luz, en un medio de transporte con una aceleración determinada.