jueves, 9 de julio de 2020

"OJALÁ" Muy pronto!!!!

Después de la cuarentena, se viene en San Miguel de Tucumán, Argentina


LA PRIMERA FEMINISTA SURGIÓ EN EL SIGLO XV !!!!


"No todos los hombres (sobre todo los más inteligentes) comparten la opinión de que es malo educar a las mujeres. Pero es cierto que muchos hombres estúpidos lo afirman, ya que no les gusta que las mujeres sepan más que ellos", sostenía.

Christine de Pisan (Venecia, 1364 – Monasterio de Poissy, hacia 1430) fue una filósofa, poeta humanista y escritora. Su obra más conocida es La ciudad de las damas (1405), considerada por algunas autoras como precursora del feminismo occidental y se sitúa en el inicio de la llamada querella de las mujeres, un debate literario surgido en torno a la situación de las mujeres y su defensa frente a la situación de subordinación que marcaba la época

A mediados del siglo XIV vivía en Venecia un médico originario de Bolonia, llamado Tommaso da Pizzano. Reconocido como estudioso y hombre sabio, llegó a ocupar el cargo de consejero de la Serenísima. Tommaso era un astrólogo reputado en toda Europa, hasta el punto de que dos monarcas europeos lo invitaron a prestar sus servicios: Carlos V, rey de Francia, y Luis el Grande, rey de Hungría. Quizás fue la reputación de intelectual y de amante de la cultura del rey Carlos lo que convenció a Tommaso de viajar a su corte. Su decisión fue acertada: lo recibieron con todos los honores y durante años gozó en Francia de una excelente posición económica y social.

Tommaso llegó junto a toda su familia, su esposa y sus tres hijos: Cristina, Paolo y Aghinolfo, nacidos todos en Venecia. Hombre de mente abierta, Tommaso se opuso a las opiniones más tradicionales de su esposa y decidió proporcionar una educación formal no sólo a sus hijos varones, sino también a su primogénita. Así, Christine, además de aprender a leer y a escribir, recibió lecciones de historia, filosofía y medicina. Con el tiempo también dispuso de libre acceso a la biblioteca del palacio real del Louvre, fundada por el propio Carlos V, germen de la actual Biblioteca Nacional de Francia.

Desde muy joven, Christine demostró dotes literarias particulares y compuso canciones y baladas que deleitaban a los miembros de la corte. Su padre, cada vez más cercano al rey Carlos V, hizo lo posible para que, al llegar a la edad de casarse, la joven pudiera contraer un matrimonio ventajoso. En 1380, a los 15 años, Christine se casó con Étienne de Castel, notario y secretario del rey, al que Tommaso eligió tanto por su posición como por su carácter. Y tenía razón al alentar la unión de ambos jóvenes. Fue un matrimonio feliz del que nacieron tres hijos: dos niños y una niña.
Pero, por desgracia, en pocos años la suerte de Christine cambió.
En 1380, Carlos V murió y lo sucedió su hijo, Carlos VI, que apenas había cumplido once años. Francia se encontraba en plena guerra de los Cien Años y el país no podía ser dirigido por un niño. El gobierno fue confiado a los cuatro tíos del rey, que tenían que restituir el poder a su sobrino al cumplir los 14 años. Sin embargo, lo conservaron hasta que Carlos VI lo recuperó por la fuerza, con 21 años.

A las dificultades públicas se sumaron las de carácter privado. En efecto, Christine perdió en pocos años a su padre, que murió en 1387, y a su marido, que falleció en 1390 a causa de una epidemia. Con 25 años, Christine se encontró viuda, con tres hijos y una madre a los que cuidar. Sus hermanos no podían ayudarla, porque entretanto habían regresado a Italia. Las estrecheces económicas la sumieron en una situación casi desesperada. Parecía que la única solución posible para Christine era volverse a casar con un hombre que le aportara estabilidad.

Quizá pensaba que no sería feliz con otro que no fuera Étienne, o quizá no quería depender de nadie, pero eligió el camino menos convencional: el de enfrentarse por sí misma a la situación y hacer todo lo posible para asegurar el bienestar económico de su familia. "Tuve que convertirme en un hombre", escribió sobre su obligación de mantener a sus hijos y a su madre. Así, al cabo de poco tiempo se hizo cargo de un taller de escritura, un scriptorium, en el que supervisaba la labor de los maestros calígrafos, encuadernadores y miniaturistas.

A los 25 años, Christine se encontró viuda con una madre y tres hijos a los que cuidar y se hizo cargo de un taller de escritura y siguió escribiendo, tareas tradicionalmente encomendadas a los hombres

En su tiempo libre, sin embargo, seguía escribiendo. Consciente de que su situación era precaria, envió baladas y sonetos a todos los personajes influyentes de la época. Apreciados por todos los que los leían, sus textos le depararon jugosas recompensas por parte de sus patronos y se convirtieron pronto en su único sustento. En consecuencia, su producción literaria aumentó y su nombre se hizo famoso en toda Europa. En solo dos años compuso El libro de las cien baladas y recibió encargos de Felipe II de Borgoña y Juan de Valois, los hermanos del soberano, e incluso de la reina consorte Isabel de Baviera.

Por entonces, a principios de 1400, Christine participó en uno de los debates más célebres de la historia literaria francesa: la llamada Querelle de la Rose. El centro de la polémica era un largo poema alegórico, el Roman de la Rose, escrito casi un siglo antes y que en algunos pasajes relegaba a la mujer a objeto de deseo que servía sólo para complacer y satisfacer los instintos masculinos. Christine se convirtió en portavoz de las críticas a esta obra, lanzando así en la corte francesa un debate más general sobre la condición de la mujer y su igualdad con el hombre. En opinión de Christine, la inferioridad femenina en realidad no era natural, sino cultural. Si las mujeres quedaban relegadas a las cuatro paredes domésticas y no recibían educación, ¿cómo podían aspirar a los logros que conseguían los hombres?

Christine insistía en que las mujeres se veían limitadas por sus dificultades para acceder a la educación en igualdad con los hombres

"Si fuera habitual mandar a las niñas a la escuela y enseñarles las ciencias con método, como se hace con los niños, aprenderían y entenderían las dificultades y las sutilezas de todas las artes y las ciencias tan bien como los hombres", escribió Christine en el libro La ciudad de las damas (1405), quizá su obra más conocida. En esa obra, deseosa de demostrar que la falta de formación era el único límite del género femenino, creó una ciudad ficticia regida por Razón, Rectitud y Justicia, y habitada sólo por mujeres, damas no por su sangre sino por su espíritu noble.

Dentro de las murallas de esta "ciudad de las damas", Christine reunió a mujeres que, con su saber, su comportamiento o su fe, habían hecho contribuciones significativas al crecimiento y el desarrollo de la sociedad. Entre ellas estaban la poeta Safo; Dido y Semíramis, fundadoras de Cartago y Babilonia, o Lucrecia, la matrona romana que decidió suicidarse tras ser violada por el hijo del último rey etrusco de Roma. Guerreras, mártires, santas, poetas, científicas o reinas: Christine reunió a las mujeres de la historia y de la mitología en una ciudad para demostrar que la opresión del hombre era la única y verdadera causa de la inferioridad femenina.

Christine escribió sin interrupción durante años, a menudo sobre el recuerdo de la juventud perdida y sobre la situación de las viudas, pero también sobre los cambios de la fortuna, la política y la sociedad. Entre las decenas de textos que produjo, firmó una biografía de Carlos V encargada por su hermano, Felipe de Borgoña. Pero la situación política no era nada prometedora. Enrique V de Inglaterra invadió Francia en 1415, y Christine, que por primera vez no se sentía segura en París, decidió dejar la ciudad. No se planteó abandonar su país adoptivo: aunque se definiera como italienne, alejarse de la tierra que la había acogido desde niña le parecía casi una traición. Así que prefirió refugiarse en un convento, probablemente en Poissy, donde años antes su hija había tomado los hábitos. Allí se quedó más de una década.

Cansada y profundamente afectada por la situación que estaba viviendo el país, dejó de escribir durante un largo período, y sólo interrumpió su silencio literario para escribir una obra religiosa y un poema sobre Juana de Arco, el único texto escrito mientras la doncella de Orleans aún vivía. "El sol volvió a brillar", escribió Christine a propósito de la irrupción de Juana en 1429. Ella, sin embargo, se extinguió al año siguiente.

¿De dónde provienen las palabras "Acostarse", "Adicto"y "Anfitrión"?

Acostarse.

Proviene del latín, de la palabra ‘costa’ cuyo significado es ‘costilla’ o ‘costado’, por tanto el acostarse es reposar sobre las costillas o, dicho de otro modo, sobre un lado de nuestro cuerpo (costado), que es la posición más habitual para descansar o dormir.

Adicto. 

En la época del Imperio Romano así era como se le llamaba a los esclavos. Se les decía addictus, cuyo significado era asignado o entregado. Cuando se vendía un esclavo, éste era asignado y entregado a su nuevo amo, por lo que pasaba a ser el addictus de (y el nombre de su amo) y acabó siendo utilizado para decir que pertenecía alguien o algo.

Anfitrión

Según la mitología griega, el rey de Tirinto, fue engañado por Zeus, quien tomó a su esposa Alcmena antes que él, adoptando la misma forma y aspecto que Anfitrión y ordenando al Sol que no saliera durante tres días para permanecer una larga noche de amor junto a ella, que creía estar con su esposo.
Posteriormente también el verdadero Anfitrión se acostó con ella. De estas uniones nacieron Heracles (Hércules), hijo de Zeus, e Ificles, hijo de Anfitrión.
El adivino Tiresías relató lo sucedido a Anfitrión, y este, al enterarse, intentó quemar viva a Alcmena, pero Zeus lo impidió.


ETIMOLOGÍA DE FRASES MUY NUESTRAS “Llámale hache” o “No saber ni jota”

Hasta el siglo XVI, la letra "h" en nuestro idioma, tenía un valor fricativo laríngeo y se la pronunciaba casi como una jota, lo que hoy solemos decir una "hache aspirada".

Pero, al hacerse átona por pérdida de ese sonido, cayó en menosprecio de la gente sencilla, de donde, como consecuencia nació el modismo llamale hache, como equivalente en el lenguaje familiar de es lo mismo, da lo mismo una cosa que otra, o sea, que da igual la presencia o ausencia de la letra hache.

Entre nosotros, se la usa como expresión de justificación similar a la que dio origen al dicho.

La letra "j" proviene de las lenguas primitivas del Medio Oriente, como el hebreo, el caldeo y el siríaco, y era la más pequeña de esos alfabetos, por lo que su nombre llegó hasta nosotros como equivalente de cosa pequeña o insignificante.

En la escritura hebrea, por otra parte, la iod -o sea, la jota- participaba como rasgo inicial de todas las demás letras.

De ahí que el modismo no saber ni jota alude a la extrema ignorancia de alguien en una cosa determinada y así es como lo utilizamos en la actualidad.

ETIMOLOGÍA DE FRASES MUY NUESTRAS "Esto es Jauja"


Jauja (en quechua: Shawsha) es una ciudad peruana, capital de la provincia de Jauja, ubicada en el departamento de Junín. Se sitúa a una altitud de 3390 metros en el valle del Mantaro (antes valle de Jauja). 
Fue una de las primeras ciudades fundadas por los conquistadores ya que llegaron al territorio del actual Perú en el siglo xvi y fue capital de la región conquistada hasta 1535, cuando luego se fundó Lima, famosa desde la época de la colonia por la fertilidad de su suelo y por los privilegiados dones de salubridad que le atribuían.


Durante los tiempos de la colonización, era un codiciado lugar de reposo, sobre todo para los enfermos del aparato respiratorio, por lo que su fama se hizo legendaria y llegó a España, traída por los peruleros o emigrantes enriquecidos en aquel país.

El escritor Lope de Rueda, por su parte, influido por las noticias que de esa tierra traían los viajeros, dio el nombre de Jauja a una ciudad ficticia llamada "La tierra de Jauja", en la que describe el lugar como la isla del oro en la que los árboles dan buñuelos, los ríos, leche; las fuentes, manteca y las montañas, queso.

Por supuesto, la fantasía popular terminó por identificar a la ciudad de Jauja con el Paraíso, de manera que las expresiones esto es Jauja y vivir en Jauja quedaron para siempre como equivalentes de pasar una vida sin sobresaltos y con el bienestar asegurado.


miércoles, 8 de julio de 2020

¿PORQUÉ DECIMOS "COGER" A TENER SEXO?

Esto sólo ocurre en algunos países de américa y no es casual, ya que en España y en el idioma castellano, a palabra "coger" significa como todos saben, asir, agarrar, sujetar, etc.
Sin embargo, también contiene como sinónimos las palabras atrapar, pillar, sorprender, tomar y de aquí deviene la connotación que le damos en Argentina, México y otros países americanos.
En la época de la colonización española, allá por el 1500, los soldados y marinos españoles, llegaban a tierras americanas, después de tortuosos viajes de varios meses en barcos, y obviamente desembarcaban deseosos de tener sexo.  Así entonces comenzaban a perseguir y correr a las indías que allí se encontraban para someterlas sexualmente. 
En aquel momento de la persecución, cuenta la leyenda, que aquellos soldados desesperados, corrían desesperadamente detrás de ellas, gritando a viva voz  "cógete tú aquella que yo me cojo esta" .
A lo largo de tantos desembarcos, soldados y violaciones sin compasión, fue que los indígenas comenzaron a asociar la palabra "coger" con el acto sexual, hecho que se fue trasladando hasta los criollos del momento y de allí a nuestros días.         

¿DE DONDE SURGIERON LOS NOMBRES DE "SEPTIEMBRE", "OCTUBRE", "NOVIEMBRE" Y "DICIEMBRE"?


En nuestro idioma conservamos vestigios culturales antiguos que en ocasiones chocan con nuestros usos actuales. Por ejemplo, la voz antigua br (bre/ber), que designaba a la luna, persiste todavía hoy en la denominación de nuestros meses. 
Así, a la octava luna del año la seguimos denominando octava-ber (octu-bre), a la novena luna, novena-ber (noviem-bre), y diciem-bre a la décima luna/ber -igual que en inglés, por cierto: octo-ber, novem-ber, decem-ber. Es por ello también que febrero [fe-bre(ro)] nos recuerda con su nombre que era éste el último mes del año lunar -y es por ser antiguamente el último mes del año lunar que aún hoy seguimos ajustando en febrero los días de años bisiestos.
Y no por casualidad conservamos también en castellano una sutil dulcificación del nombre original dado a la primera luna del año. Aunque el nombre "marzo" del antiguo primer mes lunar no tenga que ver con la luna y sí con Marte, sí nombramos en cambio a la estación del año que se inicia en marzo como la prima-ber, la primera luna: la prima-ver(a).
Con respecto a los numerales once, doce, trece, catorce y quince (también "sece", dieciséis), ocurre algo parecido; se trata de un vestigio cultural de cuando en vez de denominar los números como decenas+unidades ("diez-y-uno") lo hacíamos al revés ("undiez").
Y es que hace tiempo, en vez de diez decíamos "deze" en hispano. Y al combinar dos números, "deze" queda en "-ze". Así es que undiez, undeze, se decía unze, y de ahí once. Y dosdiez, dosdeze, lo decíamos dosze, y de ahí doce.
un-ze -> once ("undiez")
dos-ze -> doce ("dosdiez")
tres-ze -> trece ("tresdiez")
catro-ze -> catorce ("cuatrodiez")
cinco-ze -> quince ("cincodiez")
seis-ze -> sece ("seisdiez")
* El francés, y también el alemán entre muchos otros, conserva este orden inverso en su forma de nombrar los números (unidad+decena). Por ejemplo, 13 ("tres-diez"):
FR trei-ze
(ES tre-ce)
DL dre-zehn
(EN thir-teen)