jueves, 19 de febrero de 2015

Humor

Mi predicción para los premios Oscar:

"50 sombras de Grey"  Mejor Montaje

miércoles, 18 de febrero de 2015

martes, 17 de febrero de 2015

¿Cómo lo hago?

¿Como hago para escribir?

Si hay algo que me han preguntado infinidad de veces, es justamente eso: ¿Cómo hago para escribir? Y la respuesta es muy simple: En mis comienzos fue con una vieja Lettera 22, cuyas teclas plásticas debido al frenesí de la escritura, a veces solían saltar por lo aires, y perdía más tiempo buscándolas por el piso que escribiendo, y si las ideas me invadían en un transporte público o en un baño (lugar ideal para meditar), un pedazo de papel y una birome se transformaban en una verdadera joya. 

Antes de continuar con el relato, vale la pena aclarar un punto. “No todo el mundo está capacitado para escribir” (Escribir algo que tenga una mínima creatividad, me refiero). Y ésta no es una afirmación pretenciosa ni elitista, sino que simplemente está basada en un viejo paradigma que establece que “Cada uno dispone de un talento especial. Tan sólo hay que descubrirlo y explorarlo”. 
Un elemento indiscutible de ello, es que hay gente (como en mi caso) que no ha nacido para cantar y la prueba clara se encuentra en los vidrios que se rompen cada vez que canto en la ducha. 
Otros (también es mi caso), no poseen en absoluto talento para dibujar o pintar (Mi casita con el árbol y el sendero fue lo máximo que logré y eso fué a los 28 años) 
Muchas otras pruebas irrefutables de este precepto, las podemos encontrar en cualquier deporte, (Messi, Maradona, Pelé, Di Stéfano, Cruiff, etc) son tan sólo algunos de los talentosos del fútbol, por mencionar un deporte, y más allá de la opinión de cada uno al respecto, no caben dudas que futbolísticamente fueron o son talentosos en la materia, comparados con muchos otros que deberían buscar y recriminar a quién les mintió diciendo que podían jugar al fútbol.
Lo cierto que queda demostrado que no todo el mundo ha nacido para lo mismo (al talento, me refiero) y a partir de allí se vuelve al origen de la pregunta: ¿Cómo hago para escribir comedias o humor? 
Jamás le diría a alguien que tiene que hacer para escribir, si cree que su talento está allí. Lo máximo que me animaría es a decir lo que yo hago, que no siempre es lo correcto, lo convencional, lo que amerita o lo que corresponde. Simplemente es lo que yo hago.
En primer lugar confío mucho en mi propia intuición. Más de una vez me ha fallado, pero fueron muchas mas las veces que me respondió con éxito. Pero aquella intuición debe estar fundamentada en un detalle tan pequeño como irrefutable: No escribo lo que me parece técnicamente gracioso, sino lo que me hace reír a mí. 
A partir de allí se produce un hecho casi mágico -tan mágico como el teatro mismo-, y es que aquella frase, escena, personaje u obra en general que me ha hecho reír mientras la imaginaba y escribía, obtendrá el mismo resultado con el público en el momento de la representación. Así que sepan (aquellos que alguna vez han representado un texto mío) que esas carcajadas que escuchan del público, son el simple eco de las mismas carcajadas que me inundaron en el momento de la escritura. Un claro ejemplo de ello, es cuando escribía "Mi mujer es el plomero", y se me ocurrió que "Daniela" debía aparecer con uno de sus viejos vestidos. Durante diez minutos tuve que parar de escribir debido a mis carcajadas. Alguno de mi familia, hasta llamaron a un siquiatra de urgencia, pero lo cierto es que aquel momento de la obra es uno de lo puntos álgidos de la comedia en cuanto a carcajadas se refiere.
Por supuesto (como en todas las cosas) esto no es efectivo al cien por ciento, ya que depende muchas veces de como esté dicha la frase, resuelta la escena, el ritmo o la obra en general, supeditado inexorablemente a los actores y la dirección, pero en la gran mayoría de los casos el resultado sorprendentemente es el esperado.
Otro factor muy importante pero que acarrea sumo riesgo, es el ritmo de la obra. Convengamos que no siempre lo original es bueno y lo bueno no siempre es original, pero cualquiera de estas alternativas estará sometido al ritmo escénico que se imprima al texto. Es obvio que éste debe poseerlo, para que vuelva a pertenecer su resultado a los responsables del espectáculo. 
He visto infinidad de casos de textos teatralmente pobres, o de escasas pretensiones, hecha magistralmente por distintos elencos, como asimismo he presenciado el magnicidio de textos de Shakespeare, Moliere y muchos otros genios de la literatura teatral, transformando una obra exquisita, en un bodrio interminable. 
Que quede claro que no me considero dentro de ninguno de los dos casos extremos mencionados, pero bien vale la aclaración, para volver al tema que nos ocupa.
Otro punto importante que debo resaltar de mi experiencia, es que nada sale del primer intento. Según los grandes eruditos que han escrito sobre el tema, es fundamental trabajar cada escena, cada idea, cada frase, cada personaje, tantas veces como sea necesario para obtener los mejores resultados.
Y sobre este punto en particular me voy a detener un instante, ya que en mi caso (siempre lo aclaro) las veces que reescribí varias veces una escena o una frase determinada, no sólo perdió la frescura esencial de la primera idea, sino que terminaba resultándome una verdadera porquería.
En mi caso (vuelvo a aclararlo) las correcciones, reescrituras, etc que les hice a mis obras, no tienen que ver con los momentos desopilantes o graciosos, sino que pertenecían a la estructura denominada “aclaratoria” de algún elemento o personaje de la historia. Así que a aquellos que me tilden de poco “académico” en cuanto a literatura se refiere, les comento que al menos es mi forma y que en lo particular, a mí me ayudó.
No en vano he dejado este punto para el final, ya que creo que es el más importante. 
Nunca me olvido de la frase de Aristóteles : “El humor está en la sorpresa”. Cuanto más se sorprenda al público, cuanto más inesperada sea la entrada de algún personaje en escena, o cuanto más ingeniosa sea una frase inesperada, mayor será la carcajada del público. 
Estoy convencido que cada uno tiene sus formas. Cada cual conoce sus resortes creativos si ha tenido la oportunidad de experimentarlos, y ninguna técnica, por más aceptada, reconocida o enaltecida como reputada biblia de la literatura, puede servir más que la esencia creativa que proviene del interior del artista. 
Seguramente, después de estas confesiones (por llamarlas de alguna manera simpática), aparecerán innumerable cantidad de intelectualoides fracasados, eruditos de bares y un sinfín de “opinólogos de cualquier tema” que denostarán mi obra en muchos aspectos, pero les quiero contar, que mientras el público se ría a carcajadas con mis textos, mientras haya tan sólo una persona que logre disfrutar del momento de la representación, y mientras exista la posibilidad de hacer felices a unos pocos a través de la sonrisa, mi cometido habrá sido cumplido con creces. 
Como decía el inmortal poeta: “Y con eso... con eso tengo bastante”.

H.D.M.

domingo, 15 de febrero de 2015

Link para descargar "Habemus Pepis" (Un mal día 4)

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Un poco de humor

La famosa escena en donde la protagonista, cruza un puente mientras continúa en su búsqueda de algo que pueda llenar su vacío






sábado, 14 de febrero de 2015

Etimolgía de frases muy nuestras

"Poner los cuernos"

A propósito del 14 de febrero que se celebra el día de los enamorados, podemos afirmar que no todo lo que se regalan son rosas.
En su Tesoro de la lengua castellana o española, Sebastián de Covarrubias afirma que “Poner los cuernos" tomó ocasión de lo que se cuenta de Mercurio, que en figura de cabrón tuvo relaciones con Penélope, mujer de Ulises; del cual nació el dios Pan con cuernos”.
Otra versión mitológica relaciona su origen con el hecho de que la esposa del rey Minos, Pasifae tuviera relaciones sexuales con el hermoso Toro de Creta y engendrara el Minotauro. Esto habría dado origen a que la señal de los cuernos quedara como símbolo de traición matrimonial.
La versión que fusiona los orígenes mitológicos y cristianos es que el dios Pan, caracterizado por su lujuria y representado con cuernos, fue asociado por el Cristianismo con el demonio.
Algunos viajeros franceses y portugueses constataron que en la España de los siglos XVI y XVII eran numerosos los maridos consentidores, a pesar de que suponía un grave delito y eran sometidos a la vergüenza pública: al marido se le montaba en un asno y era paseado por las calles, desnudo y adornada la cabeza con dos cuernos y sonajas; detrás iba la mujer, montada en otro asno y obligada a ir azotando a su marido; tras ellos, el verdugo iba azotando a la mujer. Para evitar que al marido se le recriminase de consentido podía solicitar que la autoridad le girara un documento llamado carta de perdón de cuernos.
Por último, lgunas fuentes indican que al parecer el origen de la expresión “poner los cuernos” se lo debemos a los vikingos, pues los jefes de las aldeas o poblados tenían una especie de “derecho de pernada” sobre las mujeres de su territorio, es decir, podían mantener relaciones con cualquiera de las allí presentes sin ningún tipo de compromiso.
Cuando esto ocurría el jefe colocaba en la puerta de la casa su casco, adornado por los dos cuernos típicos, de manera que nadie se atreviese a importunar.
Esto dio origen a la expresión que hoy tratamos para referirnos a algún tipo de infidelidad, pues estas mujeres solían estar casadas o eran pretendidas por algún muchacho de la misma tribu, que sentirían como una infidelidad la desgracia de que el jefe del clan se fijase en su amada.

Reflexión

“Hacía mucho que no lo hacía”

Aunque me de un poco de vergüenza, debo confesar que hacía mucho que no lo hacía.  Al principio creí que me resultaría bastante más fácil y me dispuse a hacerlo como cualquiera de las tantas veces que lo hice, sin pensar en los cómo, los porqué o los cuándo.
Simplemente lo hacía y listo.
Siempre he tenido la suficiente práctica al respecto, pero obviamente el paso, el peso, el piso y el pozo de los años, con todas las pérdidas que esto implica (falta de firmeza y de vista, capacidad de concentración, algo de desinterés y un poco fuera de estado físico -que siempre influye-) fueron mermando aquella capacidad innata, casi sin que me diera cuenta, hasta encontrarme ahora frente a un verdadero problema, que comenzaba a tornarse angustioso.
No podría decir que se me escapaba de los dedos, porque tampoco era tan chiquito, pero la dificultad para meterlo comenzó a convertirse en inquietante.  Intenté asirlo con las dos manos, pero también resultó imposible.  Estaba demasiado laxo y flácido como para sostenerse erecto.  Mojé la punta con saliva creyendo que con dicha lubricación y una intensa fricción manual, sería  suficiente para que se mantenga erguido, pero tampoco resultó.  Le eché la culpa también a la falta de luz, pero sabido es que en esos casos son sólo excusas, a menos que uno esté absolutamente a oscuras.  Y aún así, de joven, yo mismo lo había logrado varias veces y hasta casi dormido.
Me pregunté también si no se debería a que la apertura a la que me enfrentaba no sería lo suficientemente grande en relación a lo que tenía entre mis manos, pero lo desestimé de inmediato. Aquello que sostenía yo lo conocía de memoria.  Nunca fue tan grande y no tenía porqué crecer justo ahora.  Debía empezar a reconocerlo: era pura incapacidad de mi parte.
Comencé a transpirar por lo que la tarea resultaba aún más problemática, ya que por culpa de dicha humedad todo se resbalaba de mis manos.
Lo intenté de muchas maneras y en todas las posiciones posibles, hacia arriba, hacia abajo, de costado, pero no había caso, no entraba.
Mi desesperación iba en aumento y la exigencia se agigantaba: era necesario acabar, mientras la angustia se apoderaba de mí, casi hasta el llanto.
Lamenté mucho no haber seguido practicando durante éste último tiempo.  Ahora estaba pagando las consecuencias y la vergüenza me invadía.  Ya no era capaz.  No podía introducir ni siquiera la puntita..
Estaba a punto de darme por vencido, cuando en uno de los últimos intentos, lo logré.  La satisfacción fue indescriptible.  Una intensa sensación de éxito me dominó por completo y hasta podría decir que disfruté con cada uno de los movimientos de balanceo y mecimiento, en un ir y venir de regular oscilación posterior, hasta acabar por completo.
Eso si, tomé todos los recaudos y cuidados necesarios para que no vuelva a salirse, y lo hice con suma meticulosidad y esmero, muy lentamente, ya que nuevamente todo desde el principio me hubiese resultado imposible.
Me sentí realmente orgulloso de mí mismo.  Pese a que hacía mucho que no lo hacía, pese a la edad, a la presión del momento, a los contratiempos y pese a todo, finalmente logré enhebrar la aguja con el hilo, coser el botón e irme a trabajar.  

H.D.M.